Dos, porque no alcancé a ver más allá de mi mecanismo de protección, que me estampó de frente contra tu fuego, que era mío y de lo nuestro no averiguamos más que el primer nombre, parece que único.
Sábado místico sin estrellas, tu luz me la imaginé, velada. Desvelada, te conocí un poquito las dos veces que me invitaste a dormir por no querer decir que no a la posibilidad de decir que no.
No te despertaste, ni te desperté, ni me despertaste ni tampoco lo intenté.
Deslumbrado por la ficción, otra vez, edité:
pinche viaje fugaz hasta las entrañas de mis fantasías y las entrañas de tu sexualidad despiadada que me devoró como si yo quisiera volverme a morir en la mirada de alguien capaz de matarme de sed, y en vez de eso me ahogaste.
Obsidiana brillosa desde una mirada que no pudo mirar lo que no se quiere mirar:
Silencio traicionero que no enseña ni un resquicio de lo que en realidad se podría atrever a nombrar; tú te callaste.
No dijiste nada más, al final.
Trucos de ensueño. Llanto-destello. Fiereza en envoltorio sin dueño.
Y quisimos pensar que podría ser yo.
Irse y venirse, Laura. Sí sabías, ¿no?
¿Irte?
¿Venirte?
Un tigre sin rayas que se las guarda todas debajo de la cama.
Marcas que asomaban mis miedos y miedos que asomaban tus marcas.
No dejamos nada.
Un pasaje, nada más.
No hay comentarios:
Publicar un comentario