Dos, porque no alcancé a ver más allá de mi mecanismo de protección, que me estampó de frente contra tu fuego, que era más bien mío; y de lo nuestro no averiguamos más que el primer nombre, parece que único. Yo lo dije antes, tu nunca,
Sábado místico de estrellas sin luz, que me imaginé velada. Y te vi bien poquito porque no quise leer. Y te imaginé desvelada también, ya ahí conectó la realidad: desvelada te conocí. Poquito, las dos veces que me invitaste a dormir por no querer decir que no a la posibilidad de decir que no.
No te despertaste, ni te desperté, ni me despertaste ni tampoco lo intenté. Te quedaste dormida y dije adiós y ni los ojos abriste, deja tu la puerta.
Mujer de auto-servicio. Caja rápida. Amor en paquetito de un único uso, le saqué jugo a las tres semanas en que quise convertirte en algo que no era: amor.
Deslumbrado por la ficción que tu cara me invitó a crear, otra vez, cerré:
Viaje fugaz hasta las entrañas de tu ternura acostada, despiadada: me devoró como si yo quisiera volverme a morir en la mirada de alguien capaz de matarme de sed. En vez de eso, me ahogaste. A nuestra edad.
¿Qué edad tenías tú?
¿Qué edad tendría yo?
¿Cuánta edad tuvimos?
Obsidiana brillosa desde una mirada que no pudo mirar lo que no se quiere mirar:
Silencio traicionero que no enseña ni un resquicio de lo que en realidad se podría atrever a nombrar; tú te callaste. Yo hablé de más. Los dos para lo mismo: mantener la distancia bajo control. Nadie lo soltó.
Yo te dije "te amo" para que no te acercaras más. Tu dijiste que querías tiempo para ver si te podías convencer de no volver a amar.
No dijiste nada más, al final.
Trucos de ensueño. Llanto-destello. Fiereza en envoltorio sin dueño. Fiesta sin sueño. Y la tragedia de que en poquito nos vamos a olvidar.
Y quisimos pensar que podría ser yo. Pero no era yo. Nunca fui yo.
Ni tú, tampoco, Laura.
Irse y venirse. Sí sabías, ¿no?
¿Venirte?
Porque para irte tuviste que improvisar.
Un tigre sin rayas que se las guarda todas debajo de la cama.
Marcas que asomaban mis miedos y miedos que asomaban tus marcas.
Hasta que, sin dejar nada, dejamos de hablar.