Me imaginé imaginándome escribir una entrada que nunca escribiría: esta.
Me lo imaginé mientras la escribía: puse el título y te ví, María: diáfana desde la primera sonrisa, 15 minutos tarde.
Tantas veces me propuse irme a los quince, y me sigo quedando a esperar a quien me alcance en mi tiempo, que aun corre, sin acabarse, como Río.
En las seis horas iniciales, ocurrieron nuestros dos meses juntos.
Y te cuento, aun si después me olvido de lo que me imaginé escribiendo y nunca escribí: fantasía vuelta realidad envuelta, en realidad, de fantasía.
Te adaptaste a mi adaptación a ti, nunca a mí, ni a mi energía, que se adaptó a tu adaptación a mi, a la que no logré adaptarme.
También nos vimos. Varias veces, una vez por semana, hacia la madrugada, cuando llanto y risa colindaban en un encuentro íntimo que no dolía, solo limitaba por sus bordes tan rígidos, dentro de los cuales pasó absolutamnte todo.
Escribo de amor sin amar, pero habiendo amado (ráfaga luminosa en ondas especulares, estelares, mórficas, chíspicas). Escribí el final al principio. Me imaginaré tu nombre en algún otro lugar.
Nombrarte, amor, me hizo sentir amarte.
¿Te amé?
¿Qué es amar, si más que lo sentido, importa el recorrido? Y el recorrido empezó por el final.
Fue decir tu nombre de muchas formas, hasta que la forma más nítida me negó: no nos encontramos en la aceptación, sino en su estructura-imitación: adaptación.