25 de agosto de 2013

Momentos de eternidad

Perseguirla disfrazado. Hecho de piel hecha de células hechas de átomos que son, en lo fundamental, espacio vacío.
Ante la imposibilidad de ver lo que hay delante, voltear para atrás y ver que el tiempo no se detiene. El momento que contiene todos los momentos.
Miedo a nacer.
Miedo envuelto de llanto que cambia de forma y parece alegría y enojo y tristeza. Miedo al paso del tiempo. Miedo a crecer.
A madurar.
Ir perdiendo sensibilidades juveniles para adquirir fortalezas adultas. Endurecer. Callos en las manos que ya no sienten todo lo que tocan.
Dificultad para ver de lejos y la subsecuente necesidad de recurrir a la memoria o a la imaginación para intentar conocer lo que hay más allá del alcance de la vista.
Un instante que es segundo y día y mes. Un solo momento disfrazado de varios con líneas dibujadas a mano por un reloj al que hay que ir cambiando de pilas y por la cuadrícula de un calendario que a veces empieza en lunes y a veces en domingo.
A vivir.
Un momento de suspensión y de suspenso entre el principio y el fin.
Viaje continuo alrededor del sol que quema cuando se levanta y congela cuando se esconde, pero que nunca se va.
A morir.
Parpadear por última vez y corroborar lo incomunicable: la vida es el recuerdo postrero, se le ve pasar y sólo cobra sentido justo antes de expirar.
A la eternidad.
Perseguirla ya desnudo. Hecho de tiempo hecho de una sucesión infinita de eventos que se condensan y estallan en un eterno momento final.

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