A veces te extraño, Cubana

Qué pasa por mi mente cuando pienso en ti. Pasa que caben pocas cosas. Tú, que todo lo atraías, hasta mi verdad. Lo que era yo solo, lo que éramos juntos, lo que no pudimos ser. En ocasiones pienso en ti.
En tu redondez metafórica y, sobre todo, práctica. En lo que absorbías, voraz. En tus ideas elocuentes, carentes de sentido sin alguien que se lo diera; a veces era yo. En tu voz y en lo que hacías con ella. En lo que hacías con la mía. A veces te extraño, Cubana.
Un salto y luego otro, incluso antes de terminar de dar el primero. A eso me recuerdas, al salto que se da en el aire esperando subir un poco más, olvidando la imposibilidad de impulsarse en el aire. Me recuerdas a lo que se quiere hacer mientras se hace algo más; a la fantasía de llegar a un lugar mientras se está en otro; a lo que se gana perdiendo. Me recuerdas, Cubana, a la locura que se consigue compartir. La nomenclatura de lo innombrable: un caso especial que no se repite. Eso, tal vez; me recuerdas a lo que no se repite.
¿Me recuerdas? Me pregunto a qué me refiero cuando digo que te extraño. Porque no te extraño a ti: extraño lo extraño. De tu sonrisa (pensaba apenas en ella, para encontrar algo imperfecto), de tu boca (por pensar en algo completo) de tus cejas (algo estético), de tus ojos (sabor miel), de tu risa (total, como el principio; condescendiente, como el final), de tu piel (a prueba de presión), de tus senos (compactos, simples y completos), de tus piernas (que, de a poco, subían poco para llegar a mucho), de los dedos de tus manos (como dedos de pies estirados), y de los dedos de tus pies (acuáticos). Me acuerdo de tu cuerpo, Cubana, del sentido que le daba a mis pensamientos desastrosos. Me acuerdo de tu desastre, Cubana, del sentido que le daba a mi cuerpo. Recuerdo lo que no debería recordar en un día que, a todas luces, habré de olvidar.
Porque, de vez en cuando, te recuerdo. Los momentos en que haces ruido y decido no negarlo. Las canciones que suenan duro haciendo a un lado el miedo; la verdad. Porque estás ya lejos. Vas ya formando parte del grupo de quienes algún día configuraron mi vida y que hoy se desvanecen.
Pero es que de pronto te veo. Sentada; inaccesible ante cualquier minucia. Parada; aguantando, estoica, alguna piedra insoportable. Pidiendo mucho, cediendo poco; dándolo todo con la vaga esperanza de que lo que algún día pudo regresar se quede guardado en algún lugar: en un sueño. A veces sueño contigo, niña; sólo a veces. Solo.
Corre ahora. O navega. Vuela, si sabes. Nada, si puedes. Decide, canta, amplía, mueve, pregunta. Conoce, pero duda. Crea, pero corrige. Haz, pero cambia. Habla, pero guarda silencio primero. Termina de arreglar lo que no se puede: fluye. Da pasos cortos: llega lejos.
Salta, en el aire, después del salto. Haz algo extraño.
Extraño.
Porque a veces te extraño, Cubana.

Puerta

Antes de dar un paso más, miré en dónde estaba parado. Me dio gusto verme suspendido en el aire, sin saber qué seguía ni qué hubo antes.
Escribí letras sin forma y, cuando acumulé suficientes, las empecé a ordenar. Cometí todos los errores que cupieran en el desequilibrio y los ajusté. Me encerré en una nube de metáforas sin referentes y, como quien habla con el viento, tracé una analogía silenciosamente efímera. Fue entonces que me di cuenta de que el tiempo es algo que se inventó para poder mirar relojes antes de morir.
Y acabé una carrera cuya meta era el inicio de otra más. Miré la vida con desinterés y ofendí a mi incertidumbre. Todo para ubicarme en un punto en el que la birsa sigue soplando con soltura. Un barco impulsado por lo que se mueve sin preguntarse hacia dónde va. Una tesitura difusa que se repitió tanto que dio la ilusión de la solidez.
Eso, nada más, una ilusión que dejó de ser sueño.

Veracruz

Recuerdo que había palomas que se bañaban en la azotea de un edificio bajo: las veía. Tan bajo que, para el piso en el que nos tocó quedarnos, resultó una azotea mentirosa. Ahí nos quedamos.
Fuimos y hablamos, callamos y nos quisimos comunicar cuando lo que tocaba era separarnos. Ahí nos quedamos, recuerdo. Comimos pizza delgada y, luego de ver un volante engañoso, buscamos unas acuabolas que nos dieran sentido y estrategia, pero el lugar no tenía luz. Sí, lo sabes, lo sé, hablo del lugar más triste de la tierra, ése que nos transmitió su tristeza para hacernos recorrer un camino inevitablemente evitable, juntos. Aun en el lugar más triste de la tierra, te gané en el golf. Siempre que dejaste que así fuera, te gané. Porque cuando no quisiste, perdí ¿Acaso te dejaste ganar? Evité perderme: tres empleados le dieron sentido a dos visitantes extraños y ajenos. Nos fuimos tan pronto como pudimos. ¿Qué querías perder?
Luego el malecón. Imaginamos Cuba viendo piedras mexicanas que no se moverían de ahí; imaginamos Australia como un lugar imposible. Cerca del hotel, para no sentirme perdido, para no sentirte lejos, porque no te querías ir: quería que te fueras. Un café; pedimos un café (fueron dos, pero, para los dos, fue uno) y un helado de guanábana (o todos los que cupieran). También un desayuno completo. Luego nos fuimos a nadar a una playa azul. Yo pensaba que todos te verían las nalgas. Qué bikini traías: yo te las vi. Sólo hicimos el amor dos veces (acaso una por cada nalga). Cenamos un pescado que me quería comer, un pan delicioso, una noche inigualable. Tomé sidral, porque la cerveza estaba prohibida por una mancha amarilla de nombre pesado. Y decidí llamarle vacío por no llamarle locura; decidí buscarme en la cama para no encontrarme perdido.
Güero, güera, güero, güera, nos llamaron. Champolas. O sólo helado, qué más daba. Mientras, el frío de mis ilusiones encontró una razón que se derretía. Un vaso enorme que nunca me dejó insatisfecho. Mango o guanábana, lo que fuera. También comimos pescado y visitamos un mar imposible. Recuerdo sus piedras al extrañarte. Nadamos por hacer algo que no fuera no hacer nada y nos revolcamos: en las olas y en nosotros: la última vez que tú fuiste yo y que yo fui tú, con el imperdible recuerdo del lugar más triste de la tierra. Nadamos en la nada antes de convertirnos en el miedo a ya no ser el otro, a volver a ser sólo el mismo y la misma de antes, a ser diferentes de nuevo.
También nos acostamos juntos sin estar juntos y compartimos una individualidad pesadísima. Estábamos (estuvimos) en una cama viendo futbol cuando bien pudimos nadar en la espuma de la alberca más sucia de la tierra. Me lancé en un salto mortal para atestiguar que la espuma que reflejaba suciedad no era (nunca fue) suficiente para detener ese impulso de destrucción que me salvaría. Te vi y me reconocí en tu asco.
¿A dónde iríamos ahora que habíamos agotado todas las posibilidades? Tu creatividad se estrelló contra mi vacío. Encontramos la forma de nadar a lo lejos, paralelamente, en un río que ya no sería el mismo.
Aquella vez que nos fuimos a Veracruz y que ya nunca regresamos.

La confianza de un día azul

Me serví un vaso de cerveza para saborear un viernes "deadeveras". Sólo un vaso. Y en vez de trazarme encrucijadas irresolubles, decidí comprar un libro y comenzar a leer sin preguntar demasiado, como cuando ves una película mientras te comes un bote de palomitas y te ríes por reírte. En vez de buscar lo auténtico navegando en las profundidades, me encontré con lo cotidiano caminando en la superficie. Y sentí confianza cuando por fin entendí que dejar de preguntar puede apagar el silencio: también se puede escuchar.
Escuché a un gordito de lentes explicarme por qué debería de inscribirme en un gimnasio de alcurnia; la verdad la alberca estaba chingona, pero en ningún otro lugar mojarse puede salir tan caro. Escuché a una señora, recargada sobre un poste, pedirle la hora a un niño con un cubrebocas azul sobre el cachete izquierdo. "¡Niño!", le dijo, "¿Qué hora es?". Sin detenerse, el niño le dijo que eran las dos y veinte, porque los niños dan la hora sin detenerse ni un segundo, mientras que los adultos se sientan a esperarla. Escuché, por último, a mi perra ladrar de alegría cuando llegué a la casa. Me quiero imaginar que fue de alegría, porque yo, callado con las preguntas, le dije que jugáramos y ella me empezó a perseguir como si no hubiera mañana.
Y es que en días como hoy, en realidad, no hay mañana.

Tu ausencia y la caja

"Déjate suelto el pelo, no te lo amarres ni te lo cortes, que así te ves muy bonita", pienso en decirte, pero no te digo nada. Me dan ganas de pedirte que sonrías cerrando los ojos y que no los abras hasta no agotar el último aliento de esa risa auténtica que se te sale, pero no te pido nada. Tu último pedazo lo metí en esa caja, junto con otras cosas que, supuestamente, alguna vez nos dieron sentido.
Por fin consideré necesario aprender a cerrar. Por eso escogí una caja grande, en la que cupieran todas tus cosas, incluso el insoportable vacío que sentí al ver cómo tus colores se hicieron grises. Por eso le puse mucho diurex, para que no se fueran a salir las cosas que tanto trabajo me costó meter, aunque algunas se alcanzaran a asomar. Por eso decidí no verte y que no me vieras, aunque al cerrar los ojos aún me imagino tu triste sonrisa. Por eso decidí cerrar, soltar, dejar ir, aunque un pedazo de ti —tu ausencia— se me haya quedado guardado en una caja.

Brillar en pedazos

La energía se mueve en rutas cíclicas. Y, aun con obstáculos en el camino, sólo conoce el origen al llegar al final.
De inmediato desconozco un pedazo brillante. Fulguroso. Veo el camino hacia la oscuridad iluminado. Al recorrerlo tiembla el piso y me quedo sin fuerzas para sostenerme en pie: la energía que sólo se transforma. Sentado y a ciegas pienso para dejar de sentir. Respiro lentamente mientras el aire se convierte en un flujo frío de sueños congelados. Para que la luz tenga sentido tiene que existir la oscuridad, pienso. Y para la música, silencio. Para el calor, frío. Quietud, para el movimiento.
Corro en círculos: no sé de qué huyo ni qué persigo. Pienso en una paradoja y al querer describirla me convierto en serpiente y me muerdo la cola. Después ya no quiero decir nada porque tengo miedo de no entender mis propias palabras. Busco la manera de fingir autenticidad y encuentro la verdad en un engaño del que ya no soy capaz. Tengo miedo de transformarme.
Afuera —mientras esto ocurre— el viento y el mundo hacen ruido, pero no quiero escuchar. Abro sólo una pequeña ventana y el mensaje es contundente: puedo evadir la realidad pero no puedo evadir las consecuencias de evadir la realidad. Duele. Tanto que me inundan las ganas de salir de mi encierro; pero me siento débil y desprotegido. Tanto que me invento una máscara con los retazos de un recuerdo incierto. Duele tanto que intento convencerme de que se trata de una broma, es sólo que no encuentro la manera de reírme.
Adentro (hay cosas que se quedan guardadas) busco brillar en pedazos para encontrar la oscuridad; tal vez así se quede atrás. Pero los puntos no se conectan, a pesar de ser tantos. Las líneas y los canales tienen rutas desconocidas, y no me atrevo a navegarlas. Descubro una trampa temporal que me permite enfrascar el tiempo perdido inútilmente, pensar que nada fue inútil.
Imagino árboles e intento narrar una historia que hable de un bosque, pero me pierdo. Imagino agua y trato de inventar un relato que salpique, pero me ahogo. Imagino el mundo y siento ganas de hablar de un viaje desconocido, pero olvido mis dimensiones y lo convierto todo en un círculo.
Desde un pedazo brillante, enfrasco el tiempo que he perdido al imaginarme imaginándomelo todo. Y pienso en lo que he ganado: un origen; caminar al fin.

Un día

Un día quise ser grande como Dios y que todos me vieran, pero me di cuenta de que Dios es pequeño y de que le gusta ocultarse.
Un día quise subirme a la piedra más grande del mundo y gritar y que todos me oyeran, pero me di cuenta de que estaba ya subido en una, y que mi silencio llegaría más lejos que cualquier palabra.
Un día quise volar, surcar los cielos y ser diferente a todos los demás, pero me di cuenta de que arriba es un lugar infinito y que quien se desprende pocas posibilidades tiene de jamás regresar.
Un día quise hacer todas las cosas que jamás se hubieran hecho y de romper con cualquier esquema, pero me di cuenta de que sólo podía terminar por romper conmigo mismo.
Un día salté sin ver qué hacía, y empecé a dar vueltas en círculos, y me mareé y vomité. No quise, por un tiempo, volver a saber nada de Dios, ni del mundo, ni del cielo, ni del infinito, ni de todas las cosas. Y terminé callado.
Conocer el silencio sin decir nada.